El litio: ¿nueva herramienta populista?

La nacionalización del “oro blanco”, propuesta por el presidente mexicano, revive la discusión sobre la mejor manera de aprovechar los recursos naturales en América Latina, donde están las mayores reservas mundiales de este mineral. ¿Conviene que este insumo clave de la industria tecnológica quede en manos de los gobiernos?


Por Leonardo Oliva, editor de CONNECTAS

Un tuit resume la fiebre por el litio en estos días: “Hola Elon (Musk), soy Gerardo Morales, gobernador de Jujuy (Argentina)”. Así abrió este funcionario de provincia su mensaje al hombre más rico del mundo luego de que éste tuiteó sobre cómo el precio del mineral había crecido hasta “niveles insanos”. “Los dos proyectos de producción de litio más importantes del país se ejecutan aquí”, agregó, antes de invitar al dueño de Tesla (y ahora también de Twitter) a invertir en su provincia, una de las más pobres del país. En Jujuy están algunos de los salares del preciado Triángulo del Litio, como se denomina a esa zona de yacimientos que comparten Argentina, Bolivia y Chile.

Entre los tres países sudamericanos reúnen casi el 70% de las reservas mundiales conocidas de litio. Una riqueza mineral que algunos llaman “la nueva Arabia Saudita”, como si allí, entre esos mares calcáreos de salmuera en medio del desierto, pudieran aparecer de un día para el otro jeques, pero esta vez del llamado “oro blanco”. Quizás mirando a los fastuosos reinos petroleros de la península arábiga, los gobernantes latinoamericanos ven hoy con codicia el litio que yace en su subsuelo. Entre ellos el de México, Andrés Manuel López Obrador, que acaba de lograr que el Congreso apruebe una ley que nacionaliza el mineral. Esta medida lo equipara a otro gobierno populista, el de Bolivia, donde desde 2008 este producto es patrimonio del país. Por eso, su presidente Luis Arce celebró la iniciativa de su par mexicano con otro tuit grandilocuente: “El litio de la Patria Grande debe ser del pueblo y para el pueblo”, escribió.

¿De dónde sale este entusiasmo por un mineral hasta hace poco desconocido para la inmensa mayoría de la gente? El litio es un insumo básico para las baterías utilizadas en aparatos que van desde los autos eléctricos hasta los dispositivos electrónicos como los celulares, pasando por los paneles fotovoltaicos. Es decir, el litio es la llave de la transición energética global tras el Acuerdo de París de 2015, cuando los países se comprometieron a usar menos combustibles fósiles. Un informe reciente de la Agencia Internacional de Energía indicó que la demanda del mineral aumentará 42 veces para 2040. 

Así, uno de los insumos que el mundo devorará en el próximo medio siglo yace en grandísimas cantidades en una de las zonas más pobres del planeta, el sistema de salares andinos que comparten Bolivia con 21 millones de toneladas, Argentina  con 19 millones y Chile con 9,8 millones, según el último reporte del Servicio Geológico de Estados Unidos. Pero también Perú, Brasil y México cuentan con reservas. El litio se ha convertido entonces en un asunto de geopolítica, porque casualmente hoy está en manos de gobiernos de tinte populista. En su gran mayoría, se trata de presidentes favorables a una mayor intervención del Estado y reacios al capital privado, sobre todo si proviene de Estados Unidos o de las grandes potencias europeas. 

Pero está probado que nacionalizar un recurso natural con potencial económico no lleva directamente al bienestar de un país. Hace un siglo, tanto en México como Argentina el hallazgo de petróleo, el “oro negro”, prometía llevar a estos países —y a otros que también tenían crudo bajo sus pies— al desarrollo definitivo. Cien años después la pobreza sigue reinando. Y en este escenario aparece una nueva esperanza: el “oro blanco”.

La realidad de cada país es diferente y los del “triángulo” tienen una gran ventaja: su litio es de salar (salmuera), que se extrae mediante un proceso de decantación cuatro veces más económico que el de roca dura, que explotan mayoritariamente Brasil, Canadá, Australia y Portugal. Un formato similar al encontrado en México (1,7 millones de toneladas), por ahora sin extraer. 

Bolivia, que tiene un modelo cerrado a la inversión privada, sueña con el “oro blanco” desde la década del noventa. Cuando Evo Morales era presidente, prometió que para 2020 el país iba a fabricar baterías de litio. Al final no cumplió esta promesa y ahora su sucesor, Luis Arce, la extendió para 2024. Argentina, por su parte, adoptó un modelo mixto que le dio mejores resultados, con el Estado como socio en emprendimientos de empresas como la australiana Orocobre, la japonesa Toyota Tsusho y la norteamericana Livent. También está en conversaciones con las chinas Ganfgeng Lithium y Jiankang Automobile, interesadas en extraer el mineral que alimente a sus fábricas de baterías en Asia. Chile, en tanto, es el más inclinado a la concesión privada de los yacimientos (como a la norteamericana Albemarle y a la chilena SQM). Sin embargo el nuevo presidente socialista, Gabriel Boric, ya manifestó su intención de crear una empresa nacional del litio, con el modelo de lo que ocurre con el cobre, la principal exportación del país.

Pese a algunos avances, la riqueza bajo los salares de las tres naciones sudamericanas es por ahora solo una promesa. Como dijo el experto Jose Lazuen a BBC Mundo, “no basta con tener litio, eso no es garantía de nada”. En otras palabras, para convertirlo en prosperidad primero hay que extraerlo y después darle valor agregado, o sea industrializarlo. Para ambas cosas se necesita dinero, mucho dinero, algo de lo que carecen los gobiernos que pretenden convertir este mineral en una causa nacional. “Los países latinoamericanos pueden soñar con ser proveedores de materia prima, pero difícilmente con producir baterías porque no cuentan con el talento humano especializado ni tienen la tecnología de punta”, considera Héctor Córdova, consultor minero boliviano. “Al ser proveedores de materias primas (litio), estos países se ubicarán en los primeros eslabones de la cadena de valor, los que generan menos excedentes, menos empleo y menos desarrollo”, agrega.

Es decir que Evo Morales se excedió al imaginar a Bolivia como una potencia mundial de las baterías de litio. De hecho, calculó mal cuando le cerró las puertas al capital privado: la empresa estatal Yacimientos de Litio Bolivianos (YLB) no da pasos ciertos hacia la industrialización del mineral que extrae del gigantesco salar de Uyuni, que contiene las mayores reservas mundiales. “Creo que son muchos los factores que intervienen para que aún no podamos fabricar baterías de litio”, opina Mario Grageda, investigador de la Universidad de Antofagasta (Chile). Para este experto, nuestros países carecen de capital humano, “especialistas en las diferentes áreas de lo que significa el valor agregado del litio”. A ello le suma la falta de infraestructura y también de fortaleza académica, “centros o institutos cuyo foco principal sea el litio, que agrupen grupos multidisciplinarios para responder a lo que el país quiere. Es cuestión de políticas públicas, porque si tenemos el litio y se considera que es un material estratégico, se tiene que trabajar en el desarrollo de conocimiento”.

Desde Argentina, segundo país en reservas mundiales de litio y cuarto en producción (detrás de Australia, Chile y China), el académico Mario Rodríguez reconoce la “esperanza” que trae el litio. Pero a la vez alerta sobre los pasivos ambientales que están dejando las empresas que explotan el recurso en los dos emprendimientos en marcha, ante la inacción del gobierno de Alberto Fernández, para el cual el país “se va a posicionar como uno de los grandes productores mundiales”. Rodríguez integra el Foro Interuniversitario de Especialistas en Litio, que hace poco publicó un documento donde alerta que las empresas privadas no están obligadas a agregar valor a su producción en Argentina y que no existe una política nacional para industrializar el litio extraído de los salares del noroeste.

Reservas de litio en América Latina

Como ocurrió antes con el petróleo, las promesas de los gobiernos latinoamericanos sobre el “oro blanco” parecen chocar contra una realidad geopolítica que los condena a desarrollar economías extractivas, aunque posean las mayores reservas mundiales del producto más cotizado del mercado. Nada garantiza que el litio pueda torcer el rumbo de una región que ya experimentó otras “fiebres del oro” y sigue en el atraso económico, por más proclamas ideológicas que desplieguen algunos líderes populistas.

Por eso algunos ven en varias decisiones políticas alrededor del litio un modelo chavista que pocos consideran el mejor a seguir. Como dice Córdova, “que los países poseedores de las mayores reservas de litio estén regidos por gobiernos de corte populista añade incertidumbre a la ecuación, de por sí difícil de resolver, de qué hacemos con el litio para sacar el mayor provecho. Esperemos que los gobiernos tomen decisiones racionales, que favorezcan sin duda a los intereses de los países, pero contemplen también el hecho de que necesitan asociarse con empresas externas para que estos proyectos lleguen hasta la fase de industrialización, en la que se generan mayores excedentes para unos y para otros”. Una expectativa que por ahora sigue en el terreno de los sueños incumplidos de América Latina.

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