El sicario mexicano que se metió con la mafia israelí y asesinaba por 800 dólares

Mawicho era un chico ambicioso, de barrio, entrón, echado para adelante. Un joven que se preocupaba mucho por su familia y que hablaba sobre la realidad que estaba viviendo en ese momento.


Su nombre es Mauricio Suárez, pero en el hampa era mejor conocido como ‘Mawicho’. Criado en los barrios bajos de la Ciudad de México, este joven todo sobre la carrera criminal mientras estuvo en prisión. Al salir, se unió al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), uno de los grupos delictivos más buscados por la justicia estadounidense.

La disputa entre cárteles de la droga es el pan de cada día en México. En las noticias ya es común, desde hace al menos 20 años, enterarse sobre asesinatos en vía pública, masacres, fosas clandestinas, cuerpos torturados a media autopista… A este hábitat salvaje pertenece Mawicho.

El 24 de julio de 2019, este hombre de 22 años tuvo la misión más importante de su carrera criminal: asesinar a Alon Azulay y Benjamín Yeshurun Sutchi, dos grandes líderes de la mafia israelí que operaba en el país latinoamericana desde hace años con la ayuda del Cártel de Sinaloa, el poderoso grupo co-fundado y liderado por Joaquín el Chapo Guzmán, hoy preso en una cárcel de máxima seguridad de Estados Unidos.

La recompensa para Mawicho fue inmediata: ascendió a jefe de pistoleros del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) en el estado de Jalisco. Días después, sin embargo, la realidad alcanzó su vida y fue capturado. Haber cometido un crimen tan mediático, de carácter internacional, tuvo su precio.

“[Antes de unirse al crimen organizado], Mawicho era un chico ambicioso, de barrio, entrón, echado para adelante. Un joven que se preocupaba mucho por su familia y que hablaba sobre la realidad que estaba viviendo en ese momento, que era algo absolutamente normalizado, en el barrio de Tepito donde tenía un punto de venta de droga”, dice en entrevista con Sputnik el periodista Emmanuel Gallardo, autor de Así nació el Diablo (2022, editorial Grijalbo), el libro donde se cuenta la vida de este hombre actualmente preso.

Universidades del crimen

Mawicho quizá jamás se hubiese unido a las filas del narcotráfico si no hubiera pisado la prisión. Allí, este mexicano aprendió el abecé del crimen. Estableció contactos y entendió el negocio. En México, las cárceles suelen ser universidades para graduarse en delincuencia organizada. Más de la mitad de los reos a nivel federal son reincidentes, de acuerdo con un análisis realizado por la Auditoria Superior de la Federación desde 2017.

“El caso de Mawicho revela una profunda corrupción de sistema de justicia de la Ciudad de México. Un sistema que permite que delincuentes comunes entren a los reclusorios donde no existe un programa de readaptación social. Al contrario: son universidades de criminales. La historia de este chico es la de alguien que entró a prisión a los 18 años y, a esa edad, lo aprendió todo e hizo conexiones con la verdadera delincuencia organizada. Mawicho, como muchos jóvenes, es la consecuencia de los vacíos que ha dejado el Estado y que ha sabido llenar el crimen”, reflexiona Gallardo, quien también ha participado en el Programa de Prensa y Democracia de la Universidad Iberoamericana.

Cuando abandonó la prisión, Mauricio Suárez dejó a su familia que tenía en la capital mexicana. A su hija le prometió que le daría una vida mucho mejor que la que él tuvo en uno de los barrios más peligrosos de la ciudad. Estaba decidido: utilizaría al crimen organizado como una plataforma de ascenso social. El camino que eligen miles de jóvenes en América Latina.

Las peores atrocidades por 800 dólares

Fue en un rancho de Puerto Vallarta, propiedad del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), donde este joven fue entrenado bajo los más estrictos adiestramientos paramilitares mexicanos y colombianos. Aprendió tácticas de guerrilla, tortura, manejo de armas, descuartizamientos y una estrategia llamada “morder y retirarse”: lo mismo que aplicó cuando mató al par de criminales israelíes en uno de los restaurantes más exclusivos de la Ciudad de México.

“Yo lo dejé de ver durante más de un año. Cuando lo volví a ver, ya había estado en un proceso con el Cártel Jalisco Nueva Generación. Era un hombre diferente al que conocí. Tenía una sombra permanente en los ojos. Era una especie de olla exprés a punto de estallar. Después de ver violencia extrema durante ocho meses continuos, las personas se deshumanizan por completo. Quedan con una especie de síndrome post-traumático de guerra. [Con el cártel] aprendió a quitarse la humanidad que le quedaba. Todo para hacer los trabajos para los que fue contratado por 16.000 pesos [unos 800 dólares] al mes y cometer una gran cantidad de atrocidades”, observa Gallardo.

En el libro se relata la primera vez que Mawicho descuartizó un cuerpo. Ocurrió en septiembre de 2018, cuando visitó el rancho de Puerto Vallarta. Había unas 20 personas secuestradas. “En una noche nos aventamos como 10 descuartizados. La neta no tenía corazón. Lo vi como trabajo. Me han vomitado mierda los mismos muertos, de que ve que se les salen los líquidos por las orejas, y pues ni pedo, es chamba y tengo que hacerlo”, cuenta el sicario al reportero.

Con la sangre fría, Mauricio Suárez aprendió a cercenar cabezas, brazos, piernas, orejas, dedos… “Tuvo que evitar a toda costa desmayarse cuando se vio en medio de un charco de sangre, rodeado de extremidades amarillentas recién amputadas y con un brazo flácido y amoratado que se negaba a desprenderse del torso”, dice Gallardo.

En ese ambiente sádico conoció al Tartín, sicario originario del pueblo de Tequila y famoso en el hampa mexicana por sus altos niveles de violencia. En sus redes sociales presumía fotografías al lado de secuestrados, asesinados o torturados. Le gustaba exhibir sus armas y, en palabras de Mawicho, era “el más loco”. “Le gustaba el cristal.[…] Él se tomaba fotos con cabezas, así cortando y se las mandaba a su familia, como algo normal. Es algo que ahí se hace normal”, confiesa Mawicho.

La mafia israelí

Cuando sucedió el asesinato de los israelíes Alon Azulay y Benjamín Yeshurun Sutchi, las alarmas mundiales se encendieron. Sutchi era uno de los criminales más buscados en Israel y Europa del Este. Según Gallardo, su muerte “sacudió al mundo criminal” del país hebreo.

“Sutchi arrastraba, desde principios de los noventa, el odio de la poderosa familia Mosli, una de las organizaciones criminales con más peso en Israel. Su patriarca, Nissim Mosli, ha controlado por años las apuestas clandestinas en el barrio de Hatikva, al sur de Tel Aviv, y sus hijos han internacionalizado el negocio”, escribe Gallardo.

Sutchi estableció sus redes criminales en México desde inicios de la década de los 2000, cuando el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador era jefe de Gobierno de la Ciudad de México. La capital mexicana se convirtió en su centro de operaciones. Traficaba cocaína en el exclusivo barrio de Polanco y extorsionaba a familias judías, a las que amenazaba con hacerles daño tanto en México como en Israel, de acuerdo con un reportaje publicado en el diario Reforma en 2019.

Al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) le urgía desaparecer a la mafia israelí para hacerse del control del narcotráfico en la capital mexicana. Además, Sutchi tenía problemas con células criminales colombianas que eran aliadas de la organización a la que pertenecía Mawicho.

“[Los grandes decomisos de drogas que llevan a cabo las autoridades] no son un reflejo de estrategia de seguridad. Con eso nos ha llenado el discurso oficial desde siempre: capturas de supuestos grandes capos o decomisos históricos. Aquí lo importante es entender la vinculación entre el Estado y la delincuencia. No se puede ver a uno de forma independiente del otro”, concluye Gallardo.

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